UN REGALITO PARA MIS AMIGOS

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA ESCLAVITUD

          Era de madrugada, y el sol aún no había salido.  Una neblina fina y blanca como la gaza se aferraba a la tierra, como acariciándola con sus dedos de humedad.  Todo olía a yerba  mojada, a tierra y a vegetación.

          En la lejanía, por sobre las montañas rodeando a Maricao, comenzaba a asomar el  blancor de un nuevo día.  Anunciaban su llegada cientos de gorriones que, tras despertar, salían volando en bandadas, con un gran y repentino batir de alas.  Sin embargo, este pequeño rincón de Indiera Alta todavía seguía sumido en la oscuridad.

          La casucha de viejas tablas carcomidas por el comején, la humedad y el  tiempo, se acurrucaba contra la ladera de un monte, como buscando protección.  Se alzaba sobre viejos postes lo suficientemente altos como para dejar pasar por debajo las aguas que escurrían del monte.  Así, alzada sobre sus zancos, asemejaba a una araña, o a un guabá, erguido y a punto de saltar sobre un insecto.  Sin embargo, su posición arrinconada, anunciaba que este guabá no buscaba pelea, sino que lo dejaran quieto.

          La choza tenía un aire de abandono, de vejez y descuido.  Esa impresión la aumentaba su tamaño.  Las dos pequeñas pirámides de tablas cubiertas de zinc que la coronaban dejaban saber que la vivienda contaba con tan sólo dos piezas.  El balcón trasero claramente lo habían añadido tardíamente, sin molestarse en darle un techo inclinado.  Por eso, el plafón del espacio que servía, a la vez, de lavandería y almacén, ya comenzaba a inclinarse peligrosamente hacia abajo, en forma cóncava, como una hamaca.

          Frente a la rústica escalera que daba al balcón delantero se extendía un pequeño batey de tierra rojiza aplanada.  A la derecha de la lavandería-almacén, había otro pequeño batey, y algo más retirado, un pequeño huerto sembrado de habichuelas, tomates, pimientos y ajicitos.  Más retirado de la casa, había un pequeño sembrado de maíz donde varias gallinas escarbaban la tierra.  A los costados del maíz se alzaban pequeños conucos, montículos sembrados de lerenes, yuca, batatas, ñame y yautías.  Sobre la ladera de un monte todavía más retirado de la casa, había un sembrado de gandures, berenjena matas de plátano y guineo silvestres.  El pozo, de donde provenía el agua usada en la vivienda, quedaba al otro lado de la casa.

          La casucha, claramente, era autosuficiente, por lo menos, en materia de  alimentación.

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          El esclavo caminaba por la orilla del camino, manteniéndose lo suficientemente cerca del cañaveral como para poder internarse en éste si fuera necesario.  Le dolían los pies de tanto caminar, y se detuvo un instante para cobrar aliento.

          Ya el sol había bajado y no hacía tanto calor.  Por supuesto que el esclavo no tenía un mapa, y no tenía la mínima idea sobre cómo alcanzar su paradero, pero el hecho de que había dejado a Ponce detrás y que el camino se inclinaba hacia arriba eran buenas señas.  Significaban que iba distanciándose de los Grandes Llanos del Sur y se dirigía, como deseaba, hacia la Cordillera Central.

          Miró en derredor.  En frente, se extendía el camino de tierra marcado por hoyos y hondonadas.  Secretamente, agradeció que no hubiera baches en el camino, pero de inmediato se dijo a sí mismo que no debería pensar así.  No había llovido en casi dos años, y tanto los trabajadores, como los animales y la vegetación, sufrían por la sequía.

          El cañaveral a ambos lados del camino se perdía en la distancia.  Parecía un mar de olas verdes, salpicadas con la espuma plateada de la guajana.

          El esclavo respiró profundamente, y luego se mantuvo inmóvil, escuchando el viento susurrar por entre las hojas secas de las cañas.

          Fue entonces que lo oyó.

          Era un sonido tenue, seco y acompasado.  Venía, tal vez, desde lejos, pero su velocidad era tal que pronto lo alcanzaría.

          Escuchó de nuevo, con oídos largamente entrenados, y pronto reconoció lo que era.  Un solo jinete, y venía de prisa.

          El negro calculó sus alternativas rápidamente; o era un escucha de la Partida de Ponce enviado adelante para ver qué encontraba por el camino, o era algún campesino, un jíbaro, dándose prisa por llegar a su bohío antes de que anocheciera. Daba igual; el reglamento que el Gobernador de la Torre había decretado hacía quince años les daba a los civiles permiso para detener a los esclavos fugados, los cimarrones, arrestarlos y hasta castigarlos.  Él no podía correrse el riesgo, ahora que se conocía su participación en la conspiración.

          En dos saltos estaba en el cañaveral.  Varios pasos más lo llevaron aún más hacia el interior de su escondite donde se aplastó contra la tierra y se mantuvo completamente inmóvil.  Nadie lo vería; sólo temía que fueran a pegarle fuego al cañaveral.

          Allí esperó el paso del jinete.

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          Emiliana se levantó a la hora acostumbrada.  No sabía por qué siempre se levantaba tan temprano.  Por un instante, se le ocurrió que tal vez tenía que ver con sus antepasados, los Taínos, y con el temor de estos a que sus enemigos, los Caribes, los sorprendieran dormidos.  Se deshizo del pensamiento alocado sacudiendo la cabeza.  Algunas cosas, pensó, era mejor no recordarlas, aunque trajeran recuerdos de tiempos mejores.

          Se levantó y se puso el traje que había tirado sobre el espaldar de una silla junto a la cama.  Luego, echó mano de las viejas muletas, buscó un jabón y una toalla, y todavía en chancletas, se dirigió a la lavandería-almacén.

          Todos los días, al comenzar su trajín diario, sentía lo mismo: el peso muerto de su pierna derecha inútil, la molestia de tener que apoyar todo su peso sobre la pierna izquierda, y lo tedioso de tener que levantar las muletas con cada paso.  Más tarde en el día, se le olvidarían esas dificultades, pero por las mañanas…

          Cojeó hasta la cocina y le quitó la pesada tranca a la puerta que daba al balcón trasero.  Dos pasos más, y estaba en la lavandería-almacén donde procedió a colocar las muletas contra la pared y a apoyarse de ésta.  Después, cogió un cubo de agua de lluvia y vertió un poco en una palangana.  Derramó otro poco sobre el jabón que traía en las manos, y se preparó a lavarse la cara.

          El rostro reflejado en el agua era el de una mujer joven, pues Emiliana sólo tenía veintidos años.  No era ni bonita, ni fea, pero sus grandes ojos negros y su largo pelo azabache le daban un aire de bondad, lozanía y… tristeza.

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          El esclavo no se atrevió a salir de su escondite hasta que el jinete se perdió de vista.  No había podido ver quién era el hombre, y comenzó a preocuparse por si éste constituía la vanguardia de un grupo mayor que lo perseguía.

          Se secó el sudor de la frente, se quitó la camisa empapada, y se la ató alrededor de la cintura.  Volvió a emprender su camino, los músculos firmes en leve movimiento, la piel negra y reluciente de un joven de veintitantos años.  Un negro bozal, joven y fuerte, pensó.  Luego, se corrigió a sí mismo: un príncipe africano, joven y fuerte.

          De repente, sintió hambre, y bien sabía por qué.  El precio del azúcar había bajado en el mercado, los amos no hallaban fuentes de crédito para compar más esclavos o para instalar en sus centrales azucareras maquinaria de vapor que lograra mayor rendimiento, y el único modo de vender el azúcar era mediante el contrabando.  Por eso, alegaban los amos, había que reducir los gastos de las haciendas.  Lo habían logrado, en alguna medida, reduciendo los alimentos que les daban a sus esclavos.  Todo eso se lo había confiado su amo al párroco una tarde.

          El negro pensó, primero con disgusto, pero luego con apetito, en el ubícuo funche que su amo les daba a sus esclavos dos y hasta tres veces al día; con un poco de café por la mañana, con tocino, pana y habichuelas al mediodía, y con caldo de pollo por la noche.  Un trabajador, por no decir un esclavo, que conducía una yunta de bueyes como él, todo el día, halando una carreta repleta de caña recién cortada, no podía sobrevivir con tal alimentación.  Y, en cuanto a los demás esclavos —sobre todo los cortadores de caña— esos podían resistir menos con sólo la dichosa harina de maíz cocida que les daban.

           Caminando y tratando de olvidar el hambre que le roía las entrañas, el joven bueyero notó que ya estaba oscureciendo.  Pensó que lo mejor sería buscar refugio en el cañaveral y dormir hasta el día siguiente cuando proseguiría su camino.

          Eso fue exactamente lo que hizo.  Penetró en el cañaveral y dobló una caña en dirección al camino, de modo que al día siguiente, o en caso de emergencia, pudiera encontrar el camino fácilmente.  Entonces, se acostó sobre la tierra, colocando la cabeza sobre un móntículo de hojas secas de caña que juntó y utilizó como almohada.

          Tardó mucho en dormirse.  A pesar de su cansancio, no lograba conciliar el sueño porque su mente inquieta volvía, una y otra vez, sobre los eventos recientes.

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          Recuerdas que no habías participado en la reunión original, la que se celebró en la Hacienda El Quemado, en Ponce, aquella noche de octubre.  Sin embargo, sí habías estado aquella otra noche de octubre cuando los conspiradores se reunieron en la hacienda de tu propio amo, Gerónimo Ortiz, también en Ponce.  El amo no estaba allí esa noche.

          Antes de llegar el dirigente de la conspiración, los esclavos, nerviosos, hablaban en voz baja entre sí.  Un negro flaco y viejo había dicho:

          “Es casi seguro que los haitianos nos van a ayudar.  El Presidente Boyer ha dicho…”

          Otro esclavo lo había interrumpido enseguida.

          “Está tarde, viejo.  Boyer ofreció ayuda, pero hace casi veinte años de eso.”  Todos se habían reído.

          “Yo recuerdo eso,” había dicho otro esclavo corpulento que trabajaba cocinando melaza en otro ingenio.  Luego, había continuado “Era en la época del loco francés aquel… ¿cómo se llamaba?”

         Alguien le había contestado: “Docoudray Holstein.”  Luego, la misma persona había añadido “Pero todo se quedó en nada.  Lo chotearon, y terminó preso en Curazao.”

          Una esclava gruesa, con el cabello recogido en un pañuelo blanco, había interpuesto en voz alta “Todo siempre se queda en nada.  Y los chotas siguen haciendo de las suyas.”

          Uno que otro de los esclavos reunidos allí se había reído, pero los demás habían guardado silencio cauteloso.  Recuerdas haber oído trozos de conversación como:

          “Durante la… tú sabes… allá en Bayamón en tiempos de Toribio Montes…”

          Quien había dicho eso ni se había atrevido a pronunciar la palabra conspiración.

          “Recuerdo que en la Hacienda Los Pámpanos, en el ‘33…”

          Repentinamente, todos habían callado con la llegada de Jaime Bangua, el cabecilla del complot.  Más alto y más musculoso que los demás, en su mirada reflejaba el ingenio y la valentía del negro bozal, nacido en el África lejana.

           El resto lo recuerdas en forma fragmentada, como en un sueño.  El bozal había convencido a los allí presentes de que sería mejor aplazar la fecha para un momento ideal: el día de Año Nuevo, cuando nadie se lo esperaría y todos estuvieran pasando los efectos del licor consumido la noche anterior.  Hasta el regimiento estaría desprevenido, había argumentado Bangua.

          Nadie había objetado, y una vez aceptada la idea, el bozal había decidido insuflarles un poco de valentía a los asistentes.  Se había ofrecido para viajar personalmente a Haití en busca de las armas que ese país había prometido, y había concluído la reunión señalando que la conspiración también contaba con el apoyo de varias Sociedades Abolicionistas de la isla.

          Tú habías querido hablar con el africano en privado para advertirle que tuviera cuidado con el negro Isidoro porque era demasiado parlanchín.  También habías querido decirle que no confiara en absoluto en el viejo Tomás porque era ahijado del hacendado, pero no pudiste.  Tomás, quien no había dicho ni una palabra en toda la reunión, estaba hablando con Bangua y lo había acompañado fuera del granero cuando éste salió y desapareció en la noche.

          Antes de quedarte dormido, recordaste cómo tú mismo habías dicho en aquella ocasión:

          “Esto me huele mal.  Muy mal.”

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          Emiliana extendió la mano para coger la toalla que había colocado sobre la baranda.  No la extendió lo suficiente, y en lugar de posarla sobre la tela afelpada, tocó una superficie lisa.  Abrió los ojos y vio que había posado la mano sobre uno de los varios pomitos de cristal que guardaba en una pequeña cesta de mimbre.

          Sin saber por qué, se olvidó temporeramente de la toalla y se acercó el pomo al rostro.  Sobre la etiqueta amarillenta con la edad, había una palabra que ni ella, ni su difunta madre, habían escrito porque ninguna de las dos sabía leer ni escribir: curare.

          Aunque no podía leer la palabra, sabía muy bien lo que contenía el pomito.  Su madre lo había heredado de su propio padre, quien lo había traído a Maricao desde el lejano pueblo costero de Naguabo.  Allí, según le habían contado a Emiliana, su abuelo, un bohique, había conseguido el contenido del frasquito de unos indios Caribes, quienes habían atacado el poblado hacía ya mucho tiempo y les habían untado el contenido de la botellita a sus flechas para hacerlas más mortíferas.

          Emiliana siguió examinando el pomito, sabiendo que su contenido, negro y espeso, tenía un sabor amargo.  Lo habían confeccionado con la resina de varios bejucos y plantas, y era extraordinariamente tóxico.  Varias gotas, tan sólo, paralizaban los músculos, tras lo cual el animal, o el ser humano afectado, moría asfixiado cuando sus músculos respiratorios perdían la capacidad de contraerse.  El efecto de la droga era casi instantáneo.

          Emiliana sintió horror, y por un instante consideró arrojar el pomito lejos, donde no pudiera harcerle daño a nadie.  Sin embargo, recordó las palabras de su madre en su lecho de muerte, y se detuvo.  “Guarda este veneno, Emiliana,” le había dicho.  “Algún día puede salvarte la vida.”

          La joven entendió que su madre había estado refiririéndose a un posible intento de violación contra ella por parte de algún blanco.  Después de todo, los blancos habían violado a cientos de indias en el pasado.  Todavía, según había oído decir, seguían haciendo lo mismo, sólo que ahora era con las esclavas negras de las haciendas.

          El pomito entre sus manos la hizo estremecerse con un repentino escalofrío de miedo, y Emiliana lo volvió a colocar en su cesta.  Con movimientos rápidos, alcanzó la toalla y se secó la cara.  Luego, agarró sus muletas y volvió al interior de la choza, cerrando tras de sí la puerta.

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          El negro despertó de un sobresalto.  Le tomó varios segundos comprender dónde se hallaba, y por qué había despertado.  Todavía estaba oscuro, aunque ya el cielo mostraba el leve blancor de la mañana cercana.

          Entonces, volvió a oir el ruido.

          Escuchó atentamente, y por sobre el suave mecer de las cañas, oyó voces.  No muchas, sino dos o tres solamente.  Siguió escuchando, inmóvil, y entonces oyó los ladridos.  “¡Perros!” pensó inmediatamente, y un súbito escalofrío le corrió por todo el cuerpo.  “Muchos perros,” se dijo a sí mismo.

          Su impulso fue huir de inmediato, pero se forzó a permanecer donde estaba. Varios segundos después, percibió que tanto las voces, como los ladridos, iban acercándose.  En seguida se puso de pie, recogió la camisa, y barrió con los pies la tierra donde había dormido.  No podía dejar huella alguna de su paso por allí.

          Luego, se acercó sigilosamente al camino, apartó las cañas y miró en ambas direcciones.  Aunque no podía ver a ser alguno por los alrededores, sí podía oír ruidos provenientes de la dirección por donde había venido la noche anterior.  Salió al camino y comenzó a correr a toda prisa en dirección opuesta.

          Corrió tan rápido como podía hasta que se sintió sin aliento.  Le dolían los músculos de las piernas, y el corazón le latía furiosamente en el pecho.  Le pareció que sus pulmones eran incapaces de proveerle suficiente aire, y jadeaba.  En ningún momento miró hacia atrás, pues concentraba toda su atención en el camino por delante.

          Oyó un crac a sus espaldas, y supo que aquel ruido como de una rama seca que se parte era el disparo de un fusil.  Lanzó una mirada fugaz hacia atrás y…

          ¡Y tropezó, cayendo pesadamente a la tierra!  Se puso de pie enseguida, soplándose terrones de tierra de la boca, pero cuando afirmó el pie derecho, éste cedió, haciéndole caer sobre una rodilla.

          Volvió a mirar camino abajo, pero sólo por un instante, pues los ladridos de los perros aumentaban.  Lentamente, en contraste con el alocado galopar de su corazón, se irguió y sintió el dolor agudo en el tobillo torcido.  A tientas, afirmó el pie sobre la tierra una vez más, y volvió a sentir dolor.  Sin embargo, una vez más oyó el latigazo del fusil, y salió corriendo de nuevo, arrastrando el pie herido.

          ¡Y volvió a caerse!

          Ya no había tiempo para seguir corriendo, comprendió, y dolorosamente, se internó una vez más en el cañaveral.  A los pocos segundos, un jinete pasó por el camino a todo galope.  Siguió un poco más allá de donde el negro se cobijaba, batió las cañas a ambos lados del camino con un machete, y luego, decepcionado, galopó de vuelta por donde había venido.

          El negro, quien se había sentado sobre la tierra húmeda, jadeaba pero trataba de hacer el menor ruido posible.  Pensaba que tenía que apurarse en alcanzar un lugar más seguro.

          Esperó unos minutos y volvió a asomarse al camino.  No vio a nadie por los alrededores.  Se dijo a sí mismo que tenía que seguir adelante, o lo atraparían.

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          Al penetrar al interior de su pequeña casa, Emiliana se sintió sobrecogida por el tamaño de ésta, pero no por su pequeñez, sino por su aparente inmensidad.  Más que el tamaño, era el silencio de la vivienda lo que sentía, como si lo hubiera estado percibiendo por vez primera.

          Entonces comprendió que lo que sentía no tenía nada que ver con la casa; era su propia soledad.  No había habido ningún extraño en la choza desde hacía casi tres años cuando, primero vino el médico, y luego llegaron los sepultureros a llevarse el cadáver de su madre muy lejos a enterrarlo.  Pero tampoco era la soledad lo que la afligía.

          Sentía un vacío muy grande en el alma, como si le faltara algo… o alguien.  Se sentía incompleta, pero sin poder atreverse tan siquiera a esperar… la llegada del ser que la completara.   Había estado sintiéndose así últimamente.  A veces, pensaba en un joven y apuesto guerrero taíno que llegaba, la conquistaba con palabras bonitas, la colmaba de besos y caricias, y se la llevaba lejos, pero siempre, siempre, la realidad de su cuerpo deforme le arrebata ese dulce sueño.  Cuando eso sucedía, se quedaba anonadada, vacía.  Entonces, se convencía de que su suerte ya estaba echada, que su porvenir no guardaba sino miseria y soledad.

          De pie allí en el umbral de la cocina, se volteó, miró hacia afuera, hacia el horizonte distante, y trató de sacudirse de encima la tristeza.  De pronto, recordó que el día anterior se había prometido a sí misma hacer pollo guisado ese día.  El recuerdo la llevó, de inmediato, a planear la comida.  Pero antes, pensó, tendría que buscar una gallina en el patio y matarla.  Se corrigió; aún antes de eso, tendría que ir al huerto en busca de lerenes y habichuelas para el guiso.

          Cerró la puerta, le puso la tranca que la aseguraba, y puso rumbo al pequeño dormitorio para cambiarse las chancletas por los botines de trabajo que necesitaría para caminar por el fanguero del huerto. Tan pronto como llegó a la pequeña pieza, se sentó sobre el borde de la cama y dejó caer las muletas al piso.  Se agachó y recogió el primero de los botines altos, de lazos, y comenzó a ponérselo.

          La pierna que extendió sobre la cama le recordó el polio que tuvo de niña, la enfermedad aquella que la dejó inútil para siempre.  Más que lástima, le dió asco ver que donde debería haber unos músculos fuertes y bien formados, no había sino huesos secos, cubiertos de piel fláccida.  Trató de no pensar en sus piernas, y se puso el segundo botín.

          Entonces, tomó un cepillo de pelo y un espejo de manos, y procedió a peinarse la larga y lisa cabellera color azabache.

          “Mi princesa taína,” decía su madre cuando la veía peinándose.

          Emiliana dejó el cepillo y el espejo sobre la cama, recogió las muletas y se colocó frente a otro espejo, de cuerpo entero, que le habían regalado a su madre.  De nuevo, le asqueó lo que veía: las piernas como palillos de diente, el torso ligera pero permanentemente inclinado hacia la izquierda, el traje bailándole sobre la osamenta. Como tantas otras veces anteriores, volvió a recriminarse.

          “Soy fea.  Fea.  Fea.”

          Las palabras trajeron a su mente la voz de su madre, una vez más.  Cada vez que la oía decir que era fea, la regañaba.

          “¡Tú no eres fea!  Eres una princesa taína y tu nombre es Marohai.  Eso significa mujer con corazón de luna.”

          “Pero, mamá…”

          “No hay ‘pero mamá’ que valga.  Debes enorgullecerte de quién eres.  Vienes de una larga línea de bohíques, comenzando con el muy reverenciado Coabey.  Y eres mi princesa taína.  ¿Sabías que una de tus antepasadas fue la bellísima Guanina, hermana menor de nuestro cacique Agüeybaná, el bravo?”

          La joven recordó que su madre siempre decía lo mismo, sin jamás contarle cómo terminó esa Guanina.

          Suspiró hondamente, se volteó y volvió a la cocina.  Tenía que tomar café antes de salir al huerto.

          En la cocina, notó, con satisfacción, que todo estaba arreglado para que una inválida pudiera cocinar.  Dejó a un lado las muletas y se sentó a la mesa donde había colocado el anafre.  Junto a la mesa, varias tablillas bajas, al alcance de su mano, guardaban todo lo que podía necesitar para cocinar: ollas, cacerolas, platos, cubiertos y todo lo que normalmente estaría en una alacena.

          Primero, sacó varias ramas secas de una tabilla y las amontonó sobre la plancha de hierro con bordes que le servía de plato al anafre.  Luego, puso pajilla entre las ramas, y las prendió con un fósforo.  Sopló sobre el fuego una o dos veces, y ya estaba prendido.

          Luego, sacó una pequeña cacerola de porcelana y la llenó hasta la mitad de agua fresca sacada de una tinaja de barro.  Puso la cacerola sobre el anafre.

          En lo que hervía el agua, sacó un viejo colador de tela y lo llenó de café molido que había sacado de un viejo molinillo de granos.  Tras eso, colocó sobre la mesa una taza de fina porcelana —lo único fino que había en la casa, pensó— le suspendió el colador encima, y vertió el agua hirviendo en el colador.  Por último, sazonó el café con una cucharadita de azúcar morena, y lo probó.  Tanto el rico olor, como el fuerte sabor, agudizaron todos sus sentidos.

           Sin embargo, no era necesario tener los sentidos despiertos para oír el ruido estrepitoso que acababa de escuchar en el balcón trasero.  Sonaba como si el techo de esa pieza se hubiera caído, o como si un pesado tronco se hubiera desplomado sobre el balcón.  Alarmada, y un tanto asustada, Emiliana alcanzó las muletas y se preparó a salir a ver qué había sucedido.  Sin embargo, antes de salir, pensó que podía haber algún peligro.  Por eso, agarró el viejo machete mohoso que guardaba en la cocina, se allegó a la puerta, le quitó la tranca, y salió.

          Al abrir la puerta, Emiliana se sorprendió tanto de ver al hombre tendido sobre el piso de su balcón, como él de verla a ella.  Aterrorizada, la joven alzó el viejo machete mohoso y le gritó al hombre.

          “¿Qué hace ahí?”

          A pesar del arrojo en su voz, la mujer estaba mucho más asustada de lo que dejaba ver.

           El hombre intentó levantarse, pero cuando puso peso sobre el tobillo lastimado, volvió a caerse.

          Emiliana agitaba el machete en forma amenazante, y de nuevo, volvió a preguntar:

          “¿Qué hace ahí?”

          Al verse de nuevo tendido en el suelo e indefenso, el hombre se arrastró hacia una esquina del balcón y permaneció allí, temblando.

          “¡No me mate, amita!  Por Dios, ¡no me mate!” le rogó a la mujer.

          Aunque el susto inicial del hombre había sido genuino, ya no lo era.  Se había percatado de las muletas que usaba la joven, y había notado la condición inservible del arma que blandía.  Sabía que en un sólo salto pedía desarmarla, pero por alguna razón decidió no hacerlo.

           La mujer le preguntó:

          “¿Quién es usted, y qué hace en mi balcón?”

          El hombre se relajó un poco y se palpó el tobillo.  Hizo una mueca de dolor antes de responderle a la joven.

          “Me llamo Julián, y soy esclavo de don Gerónimo Ortiz, de Ponce,” fue todo cuanto contestó.

          Emiliana le preguntó retóricamente “¿Y no cree que está un poco lejos de Ponce?”  Luego, añadió “Está usted en Maricao.  En el barrio Indiera Alta.”

          Julián pensó rápidamente qué podía contestar.  Comenzó a balbucear.          “Mire, amita… es que yo… yo iba… a… buscar… unos…”

          Emiliana lo detuvo enseguida.

          “¡Usted anda fugado!”

          Julián se preparó para  refutar la conclusión de la mujer, pero de nuevo sintió la misma confianza en la joven que antes, y en lugar de mentirle, le respondió:

          “Sí, amita.”

          La joven sonrió, brevemente, pero volvió a ponerse seria y le dijo:

          “No me llame amita.  Yo no soy su ama.  Mi gente fue tan esclava como la suya lo es ahora.”

          Julián no comprendió, y balbuceó:

“¿Pero…?”

Emiliana le explicó.

         “¿Acaso usted no se ha dado cuenta?  Yo soy india taína pura, y los blancos también nos esclavizaron a nosotros.  A los pocos que sobrevivimos sus malos tratos, sus guerras y sus enfermedades, nos relegaron a este lugar remoto para que no afeáramos sus vecindarios.”

          El esclavo miró bien a la joven y vio que tenía razón.  Los pómulos altos, el pelo tan lacio y la tez cobriza, todos declaraban su procedencia.

          “¿Qué le pasa en el tobillo?” preguntó la joven tras una breve pausa.

           Julián volvió a frotarse el extremo de la pierna, y le contestó:

           “Me la torcí….”  Un segundo después, se atrevió a completar la oración: “… huyendo por un cañaveral.”

           La joven colocó el machete en otra esquina del balcón, fácilmente al alcance del negro, y le ordenó:

           “¡Quédese ahí, que voy a buscar algo para curarlo!”

          Con eso, Emiliana volvió al interior de su choza.  Julián escuchó el tún-tún-tún de sus muletas alejándose del balcón.

          Poco después, la joven estaba de vuelta, con un pomito de ungüento y una tira, sin duda desgarrada de algún traje viejo.  Colocó las muletas contra la pared y se deslizó suavemente al piso, al lado de él.  Comenzó a untarle el ungüento en el tobillo.

          Julián nunca había recibido un trato tan tierno.  La savia que la joven le untó era maravillosa, provocando, primero un calor relajante, y luego, un frescor analgésico.  Más que el ungüento, le impresionó el masaje que Emiliana le dió.  Las manos hábiles de la mujer amasaron, relajaron y reconfortaron su tobillo lastimado.

          “¿Cómo,” pensó el esclavo, “podía esta mujer tan joven saber tanto de plantas para haber confeccionado el ungüento?  Y ¿cómo había aprendido a dar masajes curativos?”

          Mientras Emiliana le sobaba el tobillo, Julián pudo oler el dulce aroma que emanaba de su cabellera y de su cuerpo de mujer joven y lozana.  Le sobrevino una emoción a la vez tierna y excitante, que despertó en su interior otras sensaciones, extrañas y eróticas.

          Cuando Emiliana fue a ponerse se pie, no aceptó el ofrecimiento de ayuda que le hizo Julián.  La joven independiente completó la difícil maniobra sola, y de nuevo le ordenó algo al esclavo, pero esta vez, en un tono más suave.

          “Quédate ahí.  Voy a traerte agua, y después te daré algo de comer.”

          Tanta bondad sorprendió a Julián, quien en toda su vida no había recibido trato igual, pero no dijo nada.  No había bebido agua, ni mucho menos comido, en muchas horas.

          Cuando Emiliana regresó, traía el vaso de agua y dos sacos de cáñamo en las manos.  Ante la mirada interrogante del negro, explicó:

          “Uno es para recoger gandures.  Con ellos, le pago al verdurero ambulante que a veces pasa por aquí.  No tengo dinero, y con mis gandures pago por el café, las galletas, y el arroz que consumo.  Este otro saco,” la mujer lo levantó, “es para recoger unos lerenes y unas yautías que necesito para el almuerzo.  También pienso echar una gallina en el saco.”

          La joven concluyó su explicación con otra orden.  “¡Usted se queda ahí hasta que yo vuelva!”

          Julián protestó.  “Pero amita, ¡yo puedo ayudarle!”

          Emiliana volvió a sonreír, y le recriminó al negro.

          “¡Ahí va usted otra vez llamándome amita!”

          “¿Y cómo la voy a llamar si no sé su nombre?” ripostó el esclavo.

          La mujer le respondió breve y secamente.

          “Me llamo Emiliana.”

          Luego, la joven pensó que apenas conocía a este extraño, y que podía ser peligroso.  Adoptó un gesto severo y le recordó:

          “¡Le dije que se quede ahí hasta que yo vuelva!”

          Julián agachó la cabeza y no contestó.

          La mujer se volteó y bajó la escalera con dificultad.  Cuando se había alejado un poco del balcón, oyó pasos a sus espaldas, y al voltearse, lo vio a él avanzando hacia ella, cojeando.  Venía gritándole.

          “¡Espérame!  ¡Puedo ayudarte a cargar los sacos de regreso!”

          Emiliana se resignó a que el esclavo la acompañara, y ambos se dirigieron a un matorral algo apartado donde la joven tenía su siembra de gandures.

          Cuando llegaron, Julián buscó una piedra bastante grande, con un lado plano, y la situó frente a la mate de gandures.  Le dijo a Emiliana que se sentara allí y que no hiciera nada.  Él recogió un saco y comenzó a arrancar vainas de gandures.

          Al poco rato, cuando sólo el fondo del saco estaba lleno, la mujer le pidió a Julián que le contara cómo era la vida de los esclavos en la hacienda.  El negro se alegró de la oportunidad de conversar más extensamente con la mujer, y le habló mientras trabajaba.

          “La hacienda donde vivo es de tamaño mediano.  Hay unos cincuenta esclavos, más o menos, cuatro capataces y el amo, quien es viudo y vive solo.  Dos o tres mujeres trabajan en la casa grande como sirvientas, y otras siete trabajan en el trapiche, junto a sus maridos.”

          Julián sacudió el saco para acomodar los gandures.  Luego, siguió arrancando vainas mientras hablaba.

          “Dormimos en dos barracas distintas: una grande para los solteros, y otra más pequeña para los casados.  La barraca de los casados está dividida por dentro por cortinas que separan a las parejas unas de otras.”

          El hombre miró a la joven brevemente.

          “La mayor parte de los esclavos corta caña, unos catorce, más o menos, trabajan en el trapiche, y otros cinco o seis cocinan el guarapo para convertirlo en melao.  Dos más empacan el azúcar prieta.  Cuatro de nosotros conducimos las carretas de bueyes, llevando la caña al trapiche, y los sacos de azúcar al puerto.  Los capataces no hacen nada; sólo velarnos y gritarnos.”

          Julián volvió a sacudir y examinar el saco que ya estaba un tercio lleno, y se volteó hacia Emiliana.  Entonces, dejó de arrancar gandures momentáneamente, y le habló directamente a la mujer.

          “Nos levantamos al amanecer y nos ponemos en fila para el conteo de cabezas.”

          Emiliana lo miró con curiosidad, y el esclavo comprendió que la mujer no había entendido.  Le explicó.

          “Hay un conteo de cabezas todas las mañanas y todas las noches para asegurarse de que no falta nadie.  A veces, hay fugas…”  Dejó el pensamiento inconcluso.  Apartó la vista, avergonzado.  Emiliana lo forzó a proseguir con un “¿Y…?” Julián volvió a arrancar gandures.

          “Después, todos vamos a la caseta de las herramientas, un capataz le quita el candado, y nos reparten los machetes y las azadas.  Guardan las herramientas bajo llave por temor a que nos las robemos y matemos a los blancos con ellas.”

          A sus espaldas, el esclavo escuchó a la mujer suspirar de terror.

          “Luego, cada cual se marcha a su faena.  Quienes trabajan en el trapiche, ayuntan los bueyes, limpian el trapiche y comienzan a moler la caña sobrante del día anterior.  Los que trabajan en la caseta del cocido, prenden el fuego, limpian los calderos y esperan que los del trapiche les traigan el guarapo.  ¡Yo no quisiera ese trabajo por nada en el mundo!” sentenció Julián.

           “Y eso, ¿por qué?” Emiliana preguntó.

          “Es que se pone muy caliente en esa caseta,” el negro le explicó.  “Tan caliente ¡que uno cree que va a desmayarse!  Los jornaleros blancos que a veces contratan cuando hay mucha caña se niegan a trabajar en el cocido.  Por eso, son los esclavos quienes tienen que hacerlo.”

          Julián pausó y volvió a sacudir el saco.

         “Además,” continuó, “siempre existe la posibilidad de que uno se queme con el melao hervido.  Yo he visto a más de un negro salir de esa caseta para la fosa, con la piel tostada como chicharrón.”

         El esclavo volvió a arrancar gandures, volteando la cabeza de vez en cuando para dirigirse a Emiliana.

          “Y no te creas que los cortadores de caña viven mucho mejor,” sentenció.  “En el cañaveral pasan las horas alzando y bajando el machete hasta que les duelen los brazos y las piernas.  Y mientras tanto, el sol los atormenta y las hojas filosas de la hierba espadaña los cortan como navajas.”

         Julián notó que el saco ya estaba lleno hasta la mitad.  Se secó el sudor de la frente con el brazo, y siguió hablando mientras arrancaba más gandures.

         “A eso del mediodía, el capataz manda a hacer un alto para que desayunemos un trozo de pan y una taza de café prieto.  Luego, hacia la una de la tarde, nos traen el almuerzo, que últimamente consiste tan sólo de funche, con habichuelas guisadas o caldo de pollo para mojarlo.  El amo dice que son tiempos difíciles, y que no tiene para comprar arroz.”

         “¿Qué es funche?” le preguntó Emiliana.

          Julián se detuvo un instante, y le explicó.

         “Es harina de maíz hervida con agua y manteca.  Queda como un bizcocho duro.  Una vez oí a un esclavo traído de las islas llamarlo polenta, y sé que otros negros lo llaman marota.”

         Emiliana quedó satisfecha con la explicación, y su interlocutor siguió recogiendo gandures y echándolos al saco, que ya estaba casi lleno.

         “Después, volvemos a trabajar hasta la puesta del sol, aunque últimamente, es hasta el anochecer,” dijo el hombre, antes de sentenciar “Son por lo menos trece horas diarias.”

         Emiliana volvió a hacer una pregunta.

         “¿Y tú no dijiste que eras bueyero?   ¿Por qué ahora dices ‘volvemos a trabajar’ al referirte a los cortadores de caña?”

          Julián sonrió y le respondió enseguida a la joven.

         “Porque los bueyeros tenemos que quedarnos en el cañaveral, con los cortadores, esperando que llenen las carretas para llevarlas al trapiche.”

         De nuevo, Emiliana quedó satisfecha con la explicación, y el esclavo continuó su relato.

         “Cuando terminamos el trabajo del día, volvemos a la hacienda, y de nuevo cuentan cabezas, recogen las azadas y los machetes, y nos dan de comer.  Casi siempre, es lo mismo que almorzamos.  Finalmente, cada cual se marcha a su barraca.”

         El negro notó que el saco ya estaba lleno, y se lo echó al hombro sin dificultad. Luego, le ayudó a Emiliana a levantarse.

         Sin embargo, en lugar de dirigirse a la casa, la mujer llevó a Julián al huerto donde se sentó sobre la tierra y, hombro con hombro, trabajó con él como por una hora, desenterrando lerenes y yautías, separándolos de sus raíces, y echándolos en el segundo saco.

         Tras eso, pusieron rumbo a la choza, Julián cargando ambos sacos, y Emiliana cojeando a su lado.  En el patio de la casa, entre ambos atraparon una gallina, a la que Emiliana le torció el pescuezo porque Julián no tenía el estómago para hacerlo él. El detalle no pasó desapercibido por la mujer.

——-

          Al mediodía almorzaron arroz, habichuelas y gallina guisada en el balcón. Cuando terminaron, Julián bostezó y le indicó a la mujer que tenía sueño porque había dormido mal en el cañaveral la noche anterior.  Emiliana le sugirió que se tendiera allí, en el balcón, a echar una siesta.  Pero antes, le dijo, ella le iba a traer jabón y una toalla para que se bañara.  Le señaló el agua de lluvia que había en un barril, indicándole que la usara.

          Después de traer el jabón y la toalla, Emiliana le dijo al esclavo que cuando se desnudara, enganchara el calzón y la camisa en un clavo que había en la puerta para ella recogerlos y lavarlos.

          La joven se retiró a la cocina a fregar los trastes del almuerzo, y poco después abrió cuidadosamente la puerta del balcón para buscar la ropa de Julián.  Cuando seasomó, el negro ya se había bañado y estaba profundamente dormido.  También estaba totalmente desnudo.

          Emiliana pensó cerrar la puerta enseguida, pero una extraña fuerza la obligó a contemplar la figura dormida.  Recién bañado, Julián parecía un dios dormido.  Un dios africano dormido.  La joven contempló la cabeza en reposo, los brazos y los hombros musculares, el pubis… donde detuvo la mirada… las piernas fuertes y el tobillo aún vendado con los jirones de su traje…

          De repente, Julián se movió, espantando una mosca, y Emiliana, temerosa de que la sorprendiera mirándolo, agarró la ropa y cerró la puerta sigilosamente.

——-

          Media hora después, Emiliana ya había lavado el pantalón y la camisa de Julián, y los había puesto en un tenderete colgado de una pared a otra en la cocina.  Cuando se preparaba a salir al balcón a avisarle al esclavo que su ropa tardaría un poco más en secar, oyó fuertes golpes en la puerta principal de la casa.  Alguien estaba tocando.

          Emiliana se congeló de miedo temiendo que fueran las milicias que habían venido por Julián.

          Volvieron a tocar, aún más fuerte que antes.

         La mujer se acercó a la puerta y, con voz temblorosa, preguntó quién era. Suspiró de alivio al oír que era el verdurero, y le abrió la puerta.  Cuando el campesino le preguntó si necesitaba algo, ella le respondió que necesitaba arroz y galletas.  El hombre bajó las escaleras, buscó en su carreta, y volvió con los productos.

         Emiliana se había calmado de su pequeño susto inicial, y le preguntó al jíbaro si podía pagarle con un saco de gandures que había recogido esa misma mañana.  El campesino le preguntó dónde estaba el saco, Emiliana se lo señaló en una esquina de la cocina, y el hombre anduvo hasta la pieza a buscarlo.

         Fue entonces que la mujer notó el tenderete con la ropa de Julián, y comprendió que el jíbaro también lo vería.  La poca gente que entraba en su casa sabía que ella vivía sola.  A Emiliana no le importaba lo que el campesino pudiera pensar de ella, pero sí le importaba que fuera a comentarlo en el pueblo y levantar sospechas de que ella estaba ocultando a un prófugo, a un esclavo cimarrón.

          “¡Espere, don Benito!  ¡Espere!” gritó más alto de lo que debía, y puso rumbo a la cocina tan rápido como le permitieron las muletas.

          Sin embargo, antes de alcanzar la pieza, ya el hombre venía por la sala, arrastrando el saco.  Al llegar a la puerta, el campesino sonrió, tal le pareció a Emiliana, enigmáticamente, y se despidió con las palabras “¡Será hasta la próxima, doñita!” que, aunque mundanas y nada inusitadas, le sonaron ominosas a la mujer.

         El jíbaro se marchó, y Emiliana permaneció junto a la puerta abierta, viéndolo alejarse en su carreta hasta que se perdió de vista.  Entonces, cerró la puerta, le puso la pesada tranca, y permaneció inmóvil unos segundos, esperando que se le calmara el corazón que galopaba en su pecho alocadamente.

         Cuando volvió a la cocina y se sentó a la mesa, mentalmente se culpó de haber sido tan descuidada, y se preguntó si don Benito iba a delatarla.  Se debatía entre contarle o no a Julián lo que había sucedido, y volvió a culparse por su estupidez.

         Al rato, abrió la puerta del balcón trasero, encontró a Julián despierto, con la toalla atada alrededor de las caderas, y le entregó su ropa, ya seca.  El hombre se veía tan lozano y tan alegre, que la joven decidió no contarle nada sobre el incidente con el campesino.

——-

          Esa noche, Emiliana y Julián cenaron juntos en el balcón.  Cuando la mujer se
disponía a retirarse, el negro le preguntó:

          “Y ahora ¿qué hago, Emiliana?”

         La joven le respondió un poco insegura de sí misma.

         “Ahora, tú duermes aquí, en el balcón.  Ya mañana veremos qué hacemos.”

         Julián no tardó en dormirse, pero Emiliana sí.  Dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.  Por su mente corrían imágenes del esclavo desnudo, de don Benito, de las milicias, y otra vez de Julián desnudo.

          De repente, a la joven se le ocurrió que el hombre allá afuera podría estar pasando frío.  Se levantó, buscó una vieja frisa, y salió al balcón.  Tal y como se había imaginado, soplaba un viento frío de la montaña esa noche de diciembre.  Emiliana tendió la frisa sobre la figura recostada en el piso, volvió al interior de su casa, y se acostó, pero no se durmió enseguida; seguía pensando en el peligro de que don Benito delatara la presencia de Julián en su casa.

——-

          Al día siguiente, Julián durmió más tarde que de costumbre; más tarde y más tranquilo de lo que había dormido en las últimas cuarentiocho horas.  Sólo despertó cuando Emiliana abrió la puerta del balcón y le pidió que trajera de la cocina una bandeja que había preparado con dos tazas de café negro y unas galletas untadas de mantequilla.  Tras eso, la mujer posó las muletas contra la baranda y se deslizó al piso donde se sentó.

         Julián estaba indeciso; no se atrevía hacer lo que Emiliana le había pedido.  Miró en dirección de la puerta abierta, y le preguntó a la mujer.

          “¿Quieres que entre a tu casa a buscar esa bandeja?”

         Emiliana sonrió.  “Sí, tonto.  Ve y busca nuestro desayuno.  Con las muletas, yo sola no puedo traerlo.”

          El negro entró a la cocina y miró en derredor antes de cumplir el mandado.  No pudo evitar comparar la humilde sencillez de la pieza con la cocina de la hacienda donde vivía, una cocina que sólo había visto una vez, cuando su amo se había ausentado de la estancia y la cocinera, Prudencia, lo invitó a tomar café.

         Las tablas mal unidas de las paredes y el modo en que todo estaba dispuesto cerca de la mesa, al alcance de una inválida, le provocaron una lástima profunda.  Un poco ingenuamente, pensó “¡Con que así viven los blancos pobres!”

         Temeroso de tardar más, agarró la bandeja y la llevó al balcón.  La posó en elpiso, se sentó frente a la mujer, y esperó que Emiliana comenzara a comer antes de atreverse a hacer lo mismo.

         Al poco rato, mientras bebían café, Emiliana le dijo “Cuéntame cómo lograste fugarte de la hacienda.”

         La pregunta lo sorprendió, y por un instante, el hombre dudó si revelarle los detalles a la mujer.  Luego, decidió que ya ella sabía tanto acerca de él, que no importaba si se enteraba de algo más.  Sorbió un poco de café, y comenzó su historia.

——-

          “De lo que he oído, parece que la idea del levantamiento surgió el verano pasado cuando los blancos comenzaron a exigirnos a los esclavos que trabajáramos aún más horas por día.  Los amos explicaban que era necesario porque había bajado el precio del azúcar, porque la sequía había arruinado la cosecha de caña, y porque ya no podían conseguir esclavos tan fácilmente como antes.”

          Julián miró a Emiliana para asegurarse de que lo seguía.

          “Se planeó el levantamiento para la noche de la fiesta de San Miguel, el 29 de septiembre.  Pero, ¡ya tú sabes!  No se les prestó atención a los detalles, y siempre surgía algo para dar al traste con lo planeado.  Así, vino y se fue la fiesta de San Miguel sin que se lograra nada.”

          El negro hizo un pequeño alto antes de proseguir.

          “Entonces, el pasado octubre, un esclavo bozal de otra hacienda llamado Jaime
Bangua citó a una reunión.”

          Emiliana interrumpió a Julián para preguntarle qué era un esclavo bozal.  El negro le explicó que ese era el nombre que los blancos les daban a los esclavos nacidos en África, quienes, se argumentaba, eran más feroces y más valientes que aquellos nacidos en América.

          Cuando Julián estaba a punto de recobrar el hilo de su narración, Emiliana volvió a interrumpirlo, esta vez preguntándole cómo Jaime Bangua pudo citar a una reunión si a los esclavos los vigilaban constantemente.

          El negro sonrió socarronamente antes de responderle.

          “No nos vigilan constantemente,” le dijo, haciendo hincapié en su última palabra.  Luego, pausó un instante antes de explicarse.

          “Recuerda que los domingos todos los esclavos de la hacienda asistimos a misa juntos.  Ahí tenemos la oportunidad de hablar con otros esclavos.”

          Se sonrió satisfecho consigo mismo.

           “Pero lo mejor de todo son los bailes de bomba porque algunos amos permiten que asistan esclavos de otras haciendas vecinas.  De ese modo, podemos pasarnos mensajes.”

          Emiliana interpuso, entusiasmada:

“Hablándose en secreto, ¿verdad?”

          “Sí,” asintió Julián, y luego añadió “pero también mediante la música de los tambores y nuestros movimientos en la danza.  Les hemos asignado significados especiales al ritmo de la conga y de los bongoses, así como a los gestos que hacemos en el baile mismo.  Son dos lenguajes que se originaron en el África lejana, y empleándolos, podemos transmitirles mensajes a los esclavos de las demás haciendas.”

          Antes de proseguir, el esclavo le preguntó a Emiliana “¿Y sabes qué es lo mejor?”

          La mujer no respondió, y Julián contestó su propia pregunta.

          “Que los amitos blancos ¡ni se enteran de que nos estamos pasando mensajes!”  El esclavo soltó una carcajada, tomó otro sorbo de café, y reanudó su relato.

          “Como te decía, Jaime Bangua citó a una reunión en octubre.  Los negros se dieron cita en la Hacienda El Quemado, en el barrio Pueblo, de Ponce, donde hay muchísimos esclavos.  Varios capataces negros facilitaron el asunto, haciéndose de la vista larga.”

          “Yo no asistí,” aclaró Julián, “pero me cuentan que allí se mencionó que Haití estaba dispuesto a ayudar con armas, y Bangua prometió que él mismo viajaría a buscarlas.  También se dijo que las sociedades abolicionistas del sur y el oeste de la isla apoyaban el levantamiento.”

          El hombre se detuvo para coger aliento.

          “Pocos días después, se celebró otra reunión en mi propia hacienda, la de Gerónimo Ortiz.  En esa ocasión, Jaime Bangua explicó que se habían ultimado los detalles.  La idea era pegarle fuego a uno de los cañaverales de doña Inés Guillermety,y cuando los blancos vinieran a apagar el fuego, un grupo de esclavos escondidos entre las cañas a lo largo de la carretera les caería encima, los mataría, y les quitaría los machetes.  Mientras tanto, otro grupo de esclavos iría a la Casa del Rey, en Ponce, la atacaría, y se apoderaría de las armas que la milicia tiene allí.  Se esperaba que con el éxito de la conspiración en Ponce, se sublevaran los esclavos en el resto de la isla, y por fin pudiera proclamarse la abolición de la esclavitud.”

          Julián se aseguró de que Emiliana había entendido antes de proseguir.

          “Se fijó una nueva fecha para el alzamiento: la madrugada del primero de enero de este año que viene, y tanto en las misas, como en los bailes de bomba, se regó la noticia.”

         El esclavo hizo una larga pausa, y sorbió un poco más de café.  Cuando tardó en reanudar su historia, Emiliana le preguntó:

         “¿Y qué pasó entonces?”

          “Todo se fue a pique.  Primero, a principos de este mismo mes, el esclavo Isidoro, de otra hacienda, tuvo que llevar algo a Juana Díaz para su amo, y por el camino, compartió con otros negros lo que se había acordado en mi hacienda en octubre.  Cuando llegó a Juana Díaz, ese Isidoro volvió a bembetear sobre la conspiración.  Dentro de poco, ¡todo Puerto Rico estaba enterado!”

          Julián se había ido agitando cada vez más a medida que narraba los hechos.  Al retomar la palabra, estaba visiblemente emocionado.

          “¿Adivina qué pasó entonces?” prácticamente le gritó a Emiliana, quien guardó silencio.

          “Pues que un esclavo que había asistido a la segunda reunión, y quien era ahijado de su hacendado, fue donde él ¡y nos delató!”

          La mujer abrió la boca sorprendida, e inhaló una bocanada de aire.  Julián volvió a su relato, pero ahora hablando de prisa, en voz alta, y con una rabia irreprimible.

          “Yo traté de decirle a Bangua que no confiara en Isidoro porque es un lengüisuelto, y nunca me fié del viejo ahijado del hacendado.  ¡Te juro que lo traté!”

          El negro se puso de pie súbitamente, y comenzó a caminar nerviosamente por el balcón.  Cuando se calmó un poco, volvió a sentarse, y retomó su historia donde la había dejado.

          “El día después que nos delató el cobarde aquel, era el 21 de diciembre.  Temprano por la mañana, cuando nos alineamos para el conteo de cabezas, los capataces nos dijeron que ese día nadie iba a trabajar.  Poco después, llegaron las milicias, los capataces nos marcharon de vuelta a las barracas y las cerraron con candados para que nadie pudiera salir.”

          “Por allí corrió el rumor de que habían arrestado a Jaime Bangua, y que lo estaban torturando para que revelara quiénes eran sus cómplices.”

          Emiliana escuchaba a Julián en silencio.

          “Cuando oí eso, sabía que tenía que huir antes de que vinieran a arrestarme.  Se me ocurrió un plan, pero tenía que esperar que anocheciera para ponerlo en marcha.”

          “De suerte que esa noche hacía un calor agobiante en Ponce.  Dí puños en la puerta, y llamé varias veces al miliciano apostado afuera, hasta que se presentó y me preguntó, con voz amodorrada, qué quería.  Le expliqué que tenía diarrea y que necesitaba ir al pasto a evacuar.”

          Una leve sonrisa se dibujó sobre el rostro de Emiliana, pero la mujer no dijo nada.  Julián continuó hablando.

          “Regresé al poco tiempo, pero antes de que el miliciano pudiera cerrar el candado, hice como que tenía que volver al pasto.  Y volví.  Luego, regresé casi enseguida, y de nuevo, le dije al miliciano que sentía deseos urgentes de defecar.”

          “Esa vez, me interné en un cañaveral y me tardé muchísimo.  El miliciano me llamó una sola vez para saber por qué me demoraba, y le respondí que estaba a punto de terminar.  Tras eso, corrí por el cañaveral, poniendo distancia entre él y yo.  Sin duda, se había cansado de esperar y se había quedado dormido.  Lo único que sé es que no vino a buscarme.”

           Esta vez, Emiliana se rió a carcajadas.  Julián prosiguió su relato.

           “Pasé la noche entera huyendo en dirección de Adjuntas, y también todo el día siguiente.  Evité todas las poblaciones, y luego dormí en otro cañaveral.  Entonces, puse rumbo hacia el oeste, hasta llegar a Maricao.  Esa mañana, tú me sorprendiste en tu balcón, buscando un poco de agua para beber.”

          Emiliana estaba tan sorprendida con  la distancia que Julián había recorrido, que no pudo decir nada.  Sólo abrio aún más los ojos e hizo una mueca de sorpresa con los labios.

——-

          El negro cimarrón estaba sudando copiosamente, como si el relatar su larga carrera lo hubiera fatigado tanto como el acto en sí.  Volvió a ponerse de pie, volvió a caminar por los estrechos confines del balcón hasta calmarse, y se sentó de nuevo, en silencio, escuchando los sonidos de la mañana campesina: el susurro del viento, el zumbido de las chicharras, los trinos de las reinitas y el canto de los pitirres.

          De repente, se alegró su rostro, miró fijamente a Emiliana, y exclamó:

         “¡Qué coincidencia!”

         La joven esperó una explicación que no vino.  Entonces, Julián le hizo una
pregunta.

         “¿Adivina qué día es hoy?”

         Emiliana lo miró como si estuviera loco, pero antes de poder contestar la pregunta, Julián la interrumpió.

         “¡No!  ¡No me contestes!  ¡Fíjate!  Yo me escapé el 21 y huí toda esa noche y el día siguiente.  Ya era el 22.  Seguí huyendo otro día más, y entonces llegué aquí.  Ayer era el 23 de diciembre.  Eso hace a hoy…”  Dejó el resto de la oración en suspenso.  Su rostro brillaba a la expectativa.

          Emiliana no compartía su alegría, o si la compartía, no lo mostraba. Simplemente, respondió sin emoción:  “El 24 de diciembre.”

          “¡Noche Buena, Emiliana!” exlamó Julián.

         Ella lo miró fijamente a los ojos y le contestó, con voz apagada.

          “¿Y qué?  Yo no tengo ni parientes, ni amigos, ni vecinos,  y nadie me visita. Vivo sola en esta miseria, y para colmo, soy coja.  ¿Qué tengo yo que celebrar?”

          Julián se entristeció al oír cómo se expresaba la joven, pero sonrió y, sin pensarlo, le tomó la mano.

          “Celebra que yo he llegado, Emiliana, y que soy tu amigo,” le respondió alegremente.

          La mujer sonrojó, balbuceó que tenía que ir a fregar los platos del desayuno y a preparar el almuerzo, y se puso de pie.  Julián notó su tristeza, llevó los platos a la cocina, y regresó al balcón.

——-

          Tendido allí, en el piso, Julián trató de entender lo que había vivido esos últimos dos días, pero por más que lo intentara, no lograba entenderlo porque sus pensamientos galopaban como un potro indómito, llegando tan de prisa que asemejaban las olas que han tocado la orilla e intentan, en vano, volver al mar.

          Y todo se debía a la mujer que acababa de conocer.

         “¿Por qué,” se preguntaba “no había huído de él cuando lo encontró en su balcón?  ¿Por qué le había curado el tobillo, le había dado de comer, y hasta le había lavado la ropa?”

          Detrás de esas interrogantes, había una mayor en la que no quería ni pensar: “¿Por qué se sentía él tan cómodo alrededor de Emiliana?”

         El negro se volteó del otro lado, y otros pensamientos, mucho menos placenteros, lo acosaron.  ¿Hasta cuándo podía seguir escondido aquí, en esta casa?¿Qué tipo de vida llevaría si tenía que seguir huyendo?  ¿Qué le harían las autoridades si lo atrapaban?  ¿Qué sería de Emiliana cuando él tuviera que marcharse?

         Volvió a voltearse… y oyó el ladrido lejano de perros en cacería.  Se recordó a sí mismo que no podía ponerse demasiado cómodo en esta casa porque en cualquier momento tendría que abandonarla.  Seguía siendo un prófugo, y bien sabía lo que les hacían a los negros cimarrones cuando los atrapaban.

——-

         Al entrar a su casa, Emiliana ni se puso a fregar, ni a cocinar.  Fue directamente a su cuarto y se tiró, todavía vestida, en la cama.  Necesitaba pensar.  Sola, sin interrupciones.  Necesitaba poder procesar mentalmente las tantas emociones contradictorias, y a la vez maravillosas, que sentía.

          Se preguntó cómo un hombre tan fuerte y musculoso como Julián podía ser, a la vez, tan tierno y tan sensible.  Recordó cómo no pudo matar a la gallina, y cómo le había tomado la mano a ella cuando la vio triste.  También comprendió que nunca se había sentido tan alegre como en los últimos dos días en que, prácticamente, había olvidado su soledad.

         Cerró los ojos, y por un instante, se imaginó entre los brazos del negro, pero enseguida se increpó “No debo hacerme de ilusiones.  Él se irá en cualquier momento.”

         Como para confirmar sus temores, por la ventana abierta vino un sonido que le heló la sangre en las venas.  Perros ladrando, en la lejanía.

——-

          Hacia el mediodía, Emiliana comenzó a preparar el almuerzo.  Hizo el arroz blanco sin problemas, pero cuando se dispuso a preparar los gandures guisados, la sola vista de las vainas le recordó el incidente con don Benito.  Por esa razón, le llevó los gandures a Julián en el balcón, y le pidió que los desgranara él.

          Cuando estaba listo el almuerzo, Emiliana insistió en que comieran en la cocina.  Julián vaciló de nuevo ante el pedido, preguntándole a la mujer si estaba segura de que quería que él comiera dentro de la casa, pero ante la insistencia de la joven, accedió gustosamente.

          Emiliana apenas comió, como si tuviera alguna preocupación, y hubo mucho silencio entre ellos, sin que Julián tuviera la mínima idea sobre su causa.  Temiendo haber dicho, o hecho, algo que le desagradara a la joven, el hombre se disculpó.  Por su parte, Emiliana descartó la disculpa, achacándole su súbito cambio de humor a un dolor de cabeza.

          Para levantarle el ánimo, Julián decidió expresarle su agradecimiento por todo cuanto ella había hecho por él.

          “Oye, Emiliana,” comenzó.  “Te agradezco de todo corazón lo que has hecho por mí.  Cuando me sorprendiste en tu balcón, hubiera sido fácil huir de mí y avisarles a las autoridades.  Yo no habría tratado de impedírtelo.  ¿Por qué me ayudaste?”

         Emiliana se entristeció aún más, y bajó la cabeza.  Cuando volvió a levantarla, tenía lágrimas en los ojos.  Le habló al hombre con voz entrecortada.

         “No creas… que tu gente… es la primera…  que ha sufrido la esclavitud… en esta
tierra.”

         Se enjugó las lágrimas, se compuso un tanto, y prosiguió con voz más firme.

         “La mía… mi gente… fue esclava aquí, antes que la tuya.  A los Taínos, nos mataron en guerras, con trabajos forzados y con enfermedades que nunca antes habíamos conocido.  Nos vejaron, nos dieron latigazos, nos marcaron con el carimbo, nos encadenaron… Nos humillaron en nuestra propia tierra, y nos llevaron a la extinción.”

          Julián intentó desviar la conversación hacia otro tema, detener las palabras que tan claramente se arrancaba, dolorosamente, la joven del alma, pero no lo logró. “Mataron a nuestros más valientes guerreros, y cuando nuestros hermanos, los Caribes, trataron de ayudarnos, acabaron con ellos también.  Luego, nos hicieron buscarles oro en los ríos, y después nos forzaron a cortar caña y a trabajar en esos mismos ingenios donde ustedes ahora dejan el pellejo.  A ustedes los trajeron desde África porque ya no quedábamos suficientes Taínos para satisfacer las necesidades de los blancos.”

          Julián intentó, una vez más, cambiar el tema.

“Oye, no tienes que…,” comenzó a decir, pero la mujer no le hizo caso.

          “… y cuando ya no nos necesitaban, nos relegaron a estos lugares perdidos para que acabáramos de desaparecer.”

         El esclavo notó nuevas lágrimas surcarle el rostro a la joven, lágrimas de ira, y le tomó la mano.  Ella pareció no darse cuenta.

          “Éramos… somos… un pueblo orgulloso, pacífico y generoso, pero nos quebraron el espíritu y nos extinguieron,” concluyó Emiliana.

          El negro también tenía lágrimas en los ojos, pero se apresuró a corregir lo último que había dicho la mujer.

         “No es cierto que los extinguieron; tú eres taína, y todavía estás viva.  Y me imagino que hay otros indios todavía vivos en estas montañas.  Si son tan nobles como tú… ”   El esclavo dejó el pensamiento inconcluso.

          Entonces, fue ella quien lo corrigió a él.

          “No lo creas, Julián,” le dijo.  “Ya quedamos muy pocos, y pronto no quedaremos ninguno.”  Emiliana bajó la cabeza para que el hombre no la viera llorar.

          Con la mano libre, el negro le alzó el rostro a Emiliana, y la miró fijamente.  En lugar de ver a una joven vestida de harapos, que necesitaba de muletas para caminar, y que se avergonzaba de sus piernas atrofiadas, vio a la mujer más hermosa del mundo;  a una princesa taína, tan bella como su antepasada, la hermosa Guanina.

          Emiliana intentó sonreir, pero no lo logró.  Le hizo una pregunta totalmente inesperada al negro.

         “¿Qué les hacen a los esclavos fugados cuando los atrapan?”

          Julián tardó en responder, sopesando sus palabras.  Cuando por fin habló, fue en un tono sombrío.

          “Si lo único que ha hecho el esclavo es fugarse, lo atan a un árbol y le dan doce latigazos,“ dijo.  Luego, añadió “Ahora bien, si ha particpado en alguna conspiración, le dan treinta latigazos frente a los demás esclavos de su hacienda para que a ninguno se le ocurra hacer lo mismo.  Después, lo meten en la cárcel por dos, cinco, o hasta diez años.”

          Emiliana abrió la boca horrorizada.  Julián se levantó de la mesa, y comenzó a dar vueltas por la cocina, preocupado.  Detuvo su caminar, y volvió a hablarle a la mujer desde donde estaba de pie.  Sus próximas palabras las pronunció en el tono más sombrío que Emiliana jamás había oído.

         “A los cabecillas de las conspiraciones, y a quienes maten a un blanco, les celebran un consejo de guerra que, invariablemente, los halla culpables y los sentencia a ser ahorcados o fusilados.”

          Cuando Julián volvió a la mesa, Emiliana estaban llorando nuevamente, y le tomó ambas manos al negro.  Julián trató de consolarla.  “No te preocupes,” le dijo.  “No van a atraparme, y si lo hacen, yo puedo aguantar los latigazos que me propinen.”

         Emiliana pensó en don Benito, y el dolor de cabeza que había alegado tener se volvió verdadero.  Se levantó y le dijo al hombre que necesitaba recostarse.

          Julián quiso hacerse útil mientras Emiliana reposaba, y le pidió que le consiguiera un saco para él ir a recoger gandures.  Alarmada por los ladridos de perro que había oído antes, así como por la posibilidad de que don Benito les hubiera advertido a las autoridades sobre la presencia de Julián allí, Emiliana le rogó al esclavo que por favor, no abandonara la casa.

          Para que se quedara, le pidió que le amolara el viejo machete y los cuchillos de la cocina.

——-

          Al atardecer, Emiliana y Julián volvieron a comer de lo que había sobrado del almuerzo.  De nuevo, la mujer apenas tocó su comida, pero Julián comió con gusto. Aparentemente, había olvidado la tristeza de esa tarde.  Además, el afilar los cuchillos y el viejo machete le había abierto el apetito.

         Al principio, cenaron en silencio, pero a la larga, fue él quien inició la conversación.

         “Bueno, Emiliana,” comenzó.  “Ya que sabes cómo es mi vida rutinaria, y cómo escapé de la hacienda, voy a contarte cómo terminé aquí en Puerto Rico.”

          Ella objetó que no deseaba oír más historias tristes, pero él le respondió que quería que ella conociera toda su vida.  Le explicó que, por razones que él mismo desconocía, sentía la necesidad de revelarle todos los pormenores de su existencia.

          Temiendo lo que estaba a punto de oír, Emiliana asintió.

         “Yo tenía ocho años, y vivía con mis padres y mis hermanos en una aldea africana, en el lejano Dahomey.  Nuestra vida era sencilla pero buena.  Entonces… un día… por la madrugada…”

          Se le cerró la garganta de la emoción, y debió tomar un sorbo de agua antes de proseguir.  Emiliana le tomó la mano para calmarlo.

         “Llegaron los negreros, africanos, como nosotros, pero de algún lugar lejano. Desde la espesura, comenzaron a disparar hacia la aldea, con fusiles comprados a los blancos.  Por todos lados, comenzaron a caer muertos o mal heridos hombres, mujeres y niños.  Al oír la gritería, los aldeanos que permanecían en sus chozas salieron, sólo para ser abatidos también.”

         “Entonces, los negreros les pegaron fuego a las chozas, y cundió el pánico.  La gente corría despavorida en todas las direcciones, las mujeres cargando a sus bebés en brazos y buscando, locamente, al resto de sus hijos, los hombres buscando sus lanzas y sus arcos y flechas para defenderse.”

         “No tienes que seguir, Julián ¡por favor!” imploró Emiliana, pero el negro no le hizo caso.  Tenía los ojos desorbitados de terror, y estaba sudando copiosamente.

          “De repente, solo, allí en medio del caos, sentí unas manos callosas que me agarraron de un brazo y me halaron bruscamente.  Yo estaba llorando, buscando a mi madre, cuando noté que la algarabía se había reducido a los gritos de unos cuantos niños.  Entonces, hubo un silencio sepulcral, y cuando miré a mi alrededor, noté que en el solar sólo quedábamos un puñado de niños, niñas y adolescentes rodeados de los negreros quienes nos zarandeaban violentamente.”

         “Julián, ¡por favor!” volvió a implorar Emiliana, pero el hombre no interrumpió su relato.

          “Luego, … comenzaron a empujarnos… hacia la vereda … en fila… entre nuestros llantos… y, sin duda, ante las miradas de nuestros padres… escondidos en la espesura… quienes veían cómo nos conducían lejos… y sin ellos poder hacer nada para evitarlo…”

         La voz entrecortada de Julián volvió a quebrarse.  Emiliana le apretó la mano
más fuerte.

          “Cuando nos tenían bastante lejos de la aldea,” prosiguió el esclavo, “nos sentaron sobre la tierra y nos encadenaron unos con otros.  Después, nos marcharon durante varios días y varias noches hasta llegar a la costa.”

          “Si un niño o una niña se caía porque había tropezado o de puro cansancio, los negreros lo azotaban y lo ponían de pie una vez más.  Dos o tres quedaron tan mal heridos de esos azotes que no pudieron seguir camino.  A esos niños, los negreros los abandonaron allí, en la selva, a morir.”

         Emiliana estaba llorando, pero Julián continuó su relato.  Parecía un hombre poseído.

          “Tras alcanzar la costa, seguimos hacia el oeste, rumbo a Ghana, o la Costa Dorada, como la llaman los holandeses.  Al llegar a Elmina, nos encerraron en los calabozos del Castillo de San Jorge.  Allí, nos sumamos a los Ashantis, Yorubas, Ibos, Jelofes, Senegaleses, Lucumíes, Carabalíes y otros prisioneros capturados en sus respectivas tierras.  Las mazmorras oscuras, húmedas y malolientes de ese castillo parecían una Torre de Babel donde se oían docenas de idiomas.”

          “A los dos o tres días, ancló un velero en la bahía, y nos sacaron de las mazmorras encadenados… por una puerta que los esclavos llaman La puerta de nunca regresar, para subirnos al barco.”

          Emiliana estaba casi histérica, y le gritó al hombre “¡Julián!  ¡No tienes que seguir!  ¡Ya he oído lo suficiente!”

         El cimarrón hizo caso omiso de las súplicas de la mujer.

          “Éramos más de cien cautivos, y nos apiñaron en las bodegas hediondas, atados a las cochinas literas.  Hacía un calor insoportable, y el ruido era horrible porque algunos esclavos gritaban, otros gemían, algunos se gritaban entre sí en sus distintos idiomas, y había hasta quienes cantaban.”

         “En ese espacio confinado, comíamos, nos orinábamos, defecábamos, y nos vomitábamos cuando el mar estaba picado.  La peste era nauseabunda, y sólo una vez
por semana bajaban par de marinos a tirarnos encima cubos de agua condesinfectante.  Muchos cautivos murieron de tifoidea o de cólera por el trayecto, y los marinos echaron sus cadáveres al mar.”

         “Ocho semanas estuvimos en ese barco, hasta que llegamos a la isla de San Bartolomeo, donde nos bajaron a los poco más de setenta que aún quedábamos con vida.  Allí, nos encerraron en casetas, y durante las próximas semanas fueron sacando a los cautivos de dos en dos, o de diez en diez, para embarcarlos hacia su destino final.  Yo llegué a San Juan como un niño flaco, mal nutrido y enfermo del estómago, pero aún así, el amo me compró y me llevó a su hacienda de Ponce.  He vivido y trabajado allí desde entonces.”

         Emiliana asemejaba una estatua de lo quieta que estaba.  Sólo las lágrimas bajando por sus mejillas mostraban que estaba viva.

          Julián, por su parte, terminó su relato y enmudeció.  Parecía un autómata, con la mirada perdida en la lejanía.  Sin decir una palabra más, se levantó de la silla lentamente y se dispuso a salir al balcón a acostarse.  Ya había oscurecido.

           Al alcanzar la puerta, un perro ladró a lo lejos.

          Emiliana llamó al negro, pidiéndole que esperara.  Entonces, se puso de pie, agarró las muletas, y anduvo hasta él.  Lo miró fijamente a los ojos, con ternura, y le imploró:

         “¡No te vayas!”  Luego, añadió: “Quédate a dormir aquí.  En mi cama.  Junto a
mí.”

——-

         La mujer le pidió al hombre que la siguiera, y él quedó un tanto perplejo. Cuando llegaron al dormitorio, ella le pidió que cerrara la puerta con seguro.  Luego, también le pidió que encendiera el viejo quinqué que estaba sobre la mesita de noche, y por último, le dijo que cerrara la ventana.  Ella, por su parte, se sentó al borde de la cama y posó las muletas en el piso.

          La habitación se sumió en penumbras, con el quinqué proyectando, deformadas, las siluetas del hombre y la mujer sobre las viejas paredes.

          Desde luego, Julián sabía por qué Emiliana lo había invitado a su habitación, pero eso en nada calmaba su nerviosismo.  Durante sus años en la hacienda de Gerónimo Ortiz había aprendido el peligro que representaba para un esclavo sostener relaciones sexuales con una mujer blanca, y estaba muy consciente de lo que podía sucederle al esclavo si los blancos lo sorprendían en el acto.  Dirían que la había violado, y lo harían pagar caro su atrevimiento.

          “Ven acá,” le dijo Emiliana, y Julián hizo lo que le pedía.  Entonces, la mujer le desabotonó la camisa, la tiró al piso, y aplastó su rostro contra el pecho desnudo del negro.  Luego, procedió a besarle los brazos, el pecho y la garganta, hasta alcanzar su rostro y besarlo en la boca.  En el largo beso, su lengua ávida buscó la de Julián, quien le correspondió.

          Después, la mujer se separó del hombre y le ordenó: “Quítate los pantalones, y acuéstate aquí, a mi lado.”

         Cuando Julián ya estaba en la cama, Emiliana volvió a besarle el pecho, pero siguió hacia sus extremidades inferiores, besándole las piernas, el vientre, y luego el pubis.  Julián cerró los ojos, extasiado de placer.  Comenzó a endurecerse.

         El hombre intentó apretarla contra su cuerpo, pero ella lo apartó suavemente.Luego, tendió la sábana sobre ambos, y todavía arropada, se quitó el traje y el refajo.

         Él quiso quitarle las bragas, los pantis, pero la mujer le apartó la mano y se las quitó ella misma.  Julián deslizó las manos callosas sobre la piel lisa de Emiliana, palpándole los hombros y los pequeños senos que comenzaban a endurecerse.  Dejó correr las manos más abajo, hasta sentir una tibia humedad que lo excitó aún más.

          Sin embargo, cuando quiso acariciar sus piernas, la mujer se volvió tiesa y protestó.

          “Por favor, no me toques las piernas.  Son tan feas y deformes…”

         El hombre la atrajo contra su cuerpo, y ambos se perdieron en un largo beso apasionado.  Entonces, la mujer lo rodó encima de ella, y los dos se perdieron en un alocado frenesí de jadeos, movimientos y placer.

         Lejos de la choza, varios perros ladraron.

——-

          Por la mañana, mientras los amantes permanecían en la cama abrazados, los despertaron duros y repetidos golpes en la puerta delantera.  Escucharon atentamente, y pudieron oír las palabras que una voz ronca, de hombre, gritaba afuera.

          “¡Abran la puerta!  ¡Es la justicia!”

          Emiliana y Julián ambos se sobresaltaron.  Cuando Julián comenzó a buscar su ropa, Emiliana le susurró que fuera a la cocina y huyera por el balcón trasero.  El esclavo miró a la mujer, y le preguntó:

          “Y ¿cómo diantres sabían que yo estaba aquí?”

         Emiliana no le contestó, pero mentalmente maldijo a don Benito por haberlos delatado.  En un susurro apuró a Julián para que huyera enseguida.

          De nuevo, el negro trató de hallar su ropa en la penumbra, pero la mujer le rogó que se diera prisa y huyera como estaba, desnudo.  Nuevos y más fuertes golpes en la puerta lo llevaron a hacer lo que la mujer sugería.

          “¡Abran!  ¡Es la justicia!  ¡Abran esta puerta!” gritó el hombre afuera.

          Emiliana se puso el vestido y las chancletas, y le pidió a Julián que le entregara las muletas.  Luego, con una de éstas, empujó el pantalón y la camisa del esclavo debajo de la cama, y gritó en voz alta.

          “¡Ya voy!  ¡Ya voy!  ¡Me estoy vistiendo!”

          Se acercó a la puerta del dormitorio, le quitó el seguro y condujo a Julián hasta la cocina, gritando, de vez en cuando en dirección a la puerta “¡Ya voy!  ¡Ya voy!”

          La mujer le quitó la tranca a la puerta del balcón trasero lo más silenciosamente que pudo, empujó a Julián afuera, y volvió a cerrar.  Luego, todavía gritando “¡Ya voy!” anduvo hasta la puerta delantera y la abrió.

          Frente a ella había un hombre blanco, alto, con grandes bigotes.  Entre las manos sujetaba correas unidas a los collares de dos grandes perros pastores alemanes.  Detrás del hombre, atados a la montura de su caballo, había un látigo y un fusil que llenaron de miedo a Emiliana.

          Como en un mal sueño, la mujer oyó al hombre preguntarle si había visto a un esclavo fugado por esos parajes, y también como en una pesadilla, se oyó a sí misma responder que no, pero se sobresaltó aún más al oír voces y ladridos provenientes del monte junto a su casa.

          Al verla temblar, el hombre le preguntó qué le pasaba, a lo que ella le respondió que sentía frío y que los golpes en su puerta la habían asustado.  Estaba mintiendo, por supuesto.  Lo que en realidad le asustaba era la posibilidad de que esos gritos y ladridos significaran que habían atrapado a Julián.

          El hombre le aconsejó que mantuviera las puertas cerradas, y que gritara si notaba cualquier cosa sospechosa, pero Emiliana apenas lo escuchó.  La retirada del hombre en su caballo y con sus perros no le brindó alivio alguno.

          De prisa, llegó hasta la cocina, abrió la puerta que daba al balcón, y se recostó contra la baranda a observar cómo el jinete forzaba a su caballo a subir la empinada loma, precedido de sus perros.  Emiliana sabía que Julián estaba allá arriba, y temía por su vida.

         No pasó mucho tiempo antes de que Julián emergiera desde el otro lado de la choza, desnudo como lo había estado al huir de la casa, pero ahora sucio, con lodo adherido al cuerpo sudoroso, heridas sangrantes, y cojeando malamente.  Subió al balcón jadeando, exhausto, y se tendió sobre el piso.

          Emiliana dejó que se repusiera antes de hablarle, pero examinó sus heridas y quedó horrorizada.  Julián tenía las manos rojas y entrecruzadas de pequeñas cortaduras que debió haber adquirido al agarrarse de matas llenas de cardos y de manojos de afilada hierba espadaña en su frenética escalada del monte.  También tenía la plantas de los pies magulladas por las rocas que había pisado.

          La mujer quedó horrorizada, sobretodo, por las varias desgarraduras de la piel que el negro mostraba en una mejilla, un brazo, ambas piernas y el vientre.  Eran, claramente, mordeduras de perro.  En el cuerpo y en el rostro, Julián lucía el tipo de moretón que se adquiere en una pelea.

          Sin embargo, lo que más le impresionó a Emiliana era la condición del tobillo del esclavo.  El vendaje que ella le había puesto hacía dos días había desaparecido, y un gran moretón negro rodeaba el tobillo que ahora estaba horriblemente hinchado.  Emiliana sabía que en tales condiciones, Julián no iba a poder caminar por algún tiempo, mucho menos correr.

          La mujer se puso de pie, y le ordenó al esclavo que permaneciera quieto, allí, en el piso, mientras ella buscaba agua, jabón y un pedazo de tela para limpiarle y vendarle el tobillo, pero el hombre le agarró una muleta y la detuvo.

          “¡No! ¡No!” protestó.  “¡No hay tiempo!”  Luego, lleno de miedo, le confesó:

           “¡Acabo de matar a un blanco!”

          Emiliana abrió la boca, tragó una bocanada de aire, y exclamó:  “¡Dios mío!”

          Julián comenzó a hablar de prisa, con los ojos desorbitados, y mirando furtivamente en derredor.

          “Allá arriba, en el monte, había otro hombre con perros.  No esperaba que nadie viniera desde esa dirección, y estaba de espaldas al risco.  Le salté encima y luchamos, pero los perros me atacaron y me mordieron.  Rodamos por la tierra, y cuando lo tenía debajo, alcancé una rama gruesa que había en el suelo y lo golpeé en la cabeza.  Cuando estaba aturdido y tendido sobre la tierra, le puse la rama atravesada de un lado al otro del cuello, y presioné con toda mi fuerza, hasta que el hombre cesó de luchar y dejó de respirar.  ¡Lo estrangulé, Emiliana!”

          La mujer estaba inmóvil y terriblemente asustada.  Julián volvió a mirar en derredor, y prosiguió.  Sus palabras venían en tropel.

          “Bajé del monte más allá del lugar por donde había subido, y los perros me persiguieron tan sólo hasta el risco, sin atreverse a bajar trás de mí.  Pero cuando venía bajando, ví a otro hombre en una carreta esperando al otro lado de la casa, y me apresuré a esconderme en el espacio entre el piso y la tierra.  De ahí, llegué hasta aquí.”

          “Pero, Julián ¿qué vas a hacer ahora si hay un hombre al otro lado de la casa y otro rondando por ahí a caballo?  Y con ese tobillo como lo tienes…”  Emiliana estaba al borde de la histeria.

          Antes de que el hombre pudiera contestar, tanto él como Emiliana vieron al jinete galopando hacia ellos y dando voces.  El esclavo intentó levantarse, pero su tobillo mal lastimado no soportó el peso, y Julián se cayó.

          “¡Espera un momento!” le dijo la mujer, añadiendo: “Te voy a untar un poco de savia  en las heridas para que no se infecten, y voy a vendarte el tobillo para que puedas afirmar bien el pie.  Así, podrás volver a subir el monte y esos hombres no te atraparán.”

          Una vez más, tal y como había hecho el día en que él se presentó en su balcón por vez primera, Emiliana le puso ungüento en las heridas, desgarró un trozo del ruedo de su traje, y le vendó el tobillo.  Lo hizo todo muy rápido, y tan pronto como terminó, el esclavo se levantó, con su ayuda.  Sin embargo, habían calculado mal el tiempo que le tomaría al jinete alcanzar la casa.

          Antes de que Julián lograra ponerse de pie, el jinete había llegado al balcón, y en ese preciso instante, le apuntaba con su fusil mientras le gritaba:

          “Negro, ¡apártate de esa mujer!”

          Emiliana miró al jinete con terror, y éste se le acercó.  Todavía blandiendo el fusil, alcanzó las muletas y se las entregó a la joven.  Echó un vistazo rápido al traje desgarrado de la mujer, suavizó la voz, y le dijo “No se preocupe, señora, que este negro cimarrón asqueroso no va a hacerle más daño.”  Acto seguido, le propinó una patada en el rostro a Julián.

          Cuando Emiliana gritó, el jinete la apartó suavemente del lado de Julián, quien yacía en el piso sangrando por la boca.  Entonces, desde el otro lado de la casa, apareció el compañero del jinete en su carreta y seguido de por lo menos seis perros. El jinete puso a Julián de pie de un halón, y luego lo empujó escaleras abajo donde los
perros lo rodearon enseguida.  Luego, el jinete bajó del balcón, apartó a los perros, y comenzó a golpear a Julián salvajemente con la culata del rifle.

          En el balcón, una Emiliana histérica le gritaba al hombre que no golpeara al esclavo.  El jinete sólo cesó cuando ya estaba cansado, y en ese momento, la mujer creyó que todo había terminado, pero se equivocaba.  El compañero del jinete anduvo hasta el caballo de éste, desató el látigo que colgaba de la montura, y con el mismo, comenzó a azotar al hombre indefenso tirado en el suelo.

          Ante el salvajismo, la mujer gritó y se desmayó, cayendo pesadamente al piso.

——-

          Cuando Emiliana volvió en sí, Julán estaba tirado en la carreta con las manos atadas, grilletes en las piernas y un collar de metal alrededor del cuello, del que colgaba una pesada cadena, atada a los lados del carretón.

          Emiliana vió al jinete a su lado, y reculó de terror.  El hombre sonrió y le dijo:

“No se preocupe, doñita.  Usted tuvo suerte; ese negro asqueroso es peligroso.
Mató a un hombre allá arriba, en el monte.”  El hombre señaló hacia la colina.

Horrorizada, Emiliana no podía hablar.

          “Y juzgando por el ruedo desgarrado de su traje, parece que este negro pensaba violarla,” añadió.  Luego, a pesar de las protestas de la mujer, el hombre le ayudó a ponerse de pie, le entregó sus muletas, y abandonó el balcón.

          Emiliana se apoyó de la baranda, y percibió la escena como en una niebla. Apenas oyó las palabras del jinete cuando le dijo, ya montado en su caballo:

          “No se preocupe, que éste no volverá a molestarla; ni a usted, ni a nadie. Cuando acabemos con él, se arrepentirá de haber nacido.  Y después ¡lo ahorcaremos!”

——-

          Emiliana permaneció en el balcón, viendo alejarse a los hombres, los perros y la carreta hasta que se perdieron de vista.  Cuando ya no podía verlos más, metió una mano en el bolsillo del traje y extrajo el pomito con el que había curado las heridas de Julián.  Lo contempló por un instante, fijándose bien en la etiqueta.  Aunque no podía leerla, sabía demasiado bien que decía curare.

          Les había untado el contenido a las heridas del negro a sabiendas.  Era preferible sufrir un momento y luego morir asfixiado que sufrir incontables latigazos y después morir en la horca.

          Acto seguido, la mujer arrojó el pomito vació lejos, contra una roca, donde se hizo añicos.  Su madre se había equivocado cuando le dijo que el veneno algún día podía salvarle la vida, pensó.  Más que eso. le salvó el alma y el corazón.

——-

          Pasmada de dolor, Emiliana volvió al interior de su choza, buscó un saco, y echó adentro dos o tres cambios de ropa.  Luego, arrastró el saco hasta el balcón, dejó
la puerta abierta, bajó los escalones y puso rumbo hacia la carretera.  No tenía la más mínima idea de cuál sería su paradero, pero sabía que cualquiera que fuera, tenía que ser mejor que aquí donde quedaban tantos recuerdos desagradables.  Encontraría un buen lugar para criar a su hijo, el de ella y de Julián, cuya semilla, ya lo sospechaba, estaba creciendo en su vientre.

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